—En nombre del Cielo, Máximo, corra usted a la iglesia más próxima...

Yo moví la cabeza.

—Apenas le quedan unos momentos de vida... Sea usted valerosa... Dios lo tendrá en cuenta...

Pero, de pronto, tuve una inspiración:

—Elena, usted misma puede realizar la obra de salvación. El tiempo apremia...

—¡No me atrevo!...

La infeliz temblaba, quebrantada por la emoción, y yo la conduje al lado del moribundo.

—¡Padre! ¡Padre querido! Dime otra vez que quieres ser cristiano...

Al oír aquella voz, Lacante abrió los ojos, la miró largamente, como si volviera de una región lejana y quisiera penetrarse del sentido de las palabras.

Después, sus labios rígidos pronunciaron con lentitud: