La marca del dedo fatal se ha impreso en sus facciones, siniestramente modeladas.

La vida se apaga.

Ya no es permitida la duda.

Me he aproximado a Elena y me la he llevado a cierta distancia.

—Elena, está muy malo.

No comprendió al pronto y me preguntó si se había perdido toda la esperanza.

—¡Ay! sí... No verá el día que va a venir...

Elena vaciló como herida del rayo y tuve que sostenerla un momento... Después se irguió, sin lágrimas, y me dijo angustiada:

—Si muere antes del día, no se cumplirá su deseo supremo... Usted lo ha oído; quiere morir en la fe cristiana...

—Lo he oído.