Nos ha mirado tristemente y ha dicho:
—¡Qué trabajo cuesta morir y qué duro es separarnos!
A medida que le abandonan las fuerzas está más propenso al estremecimiento.
Estábamos cada uno a un lado de la cama. De pronto me incliné hacia este querido amigo y cogiendo la mano de Elena, le dije:
—¿Quiere usted dármela, padre mío, si ella consiente después?
El moribundo respondió:
—Es todo mi deseo.
Elena no se movió ni dijo nada. No sabe más que llorar.
A las dos.
No llegará al día.