—Papá querido, la Escritura dice: «Paz a los hombres de buena voluntad.» La fe la da Dios.
—Bien, hija mía... Puede ser. Pídesela para mí, tú que tienes puro el corazón. Mañana harás lo necesario; está convenido.
Su cara descompuesta miró a Elena unos instantes.
—¿Estás contenta de mí?
Otra crisis más aguda me hizo acercarme a la cama.
En este momento está más tranquilo, pero la postración es completa y espantosa.
Elena reza y llora en silencio.
Acabo de separarme de ella para escribirte. No tengo esperanza de que se salve nuestro amigo.
La misma noche, a la una.
Nuevo ataque, más terrible y más corto. Respira con trabajo y cada aliento parece un gemido.