—Desde que estás aquí, Elena, has sido mi alegría, la alegría de la casa... Quiero decírtelo hoy, como obsequio de Pascua... Es preciso que sepas que todos los días he bendecido tu presencia...
Su palabra era firme, aunque un poco anhelosa y entrecortada.
Elena se inclinaba más y más hacia él, para no perder nada de su despedida suprema, y sus lágrimas caían en las pobres manos paralizadas del enfermo, que ya no podían estrechar las suyas.
La voz de Lacante se volvió más fuerte y más solemne:
—Hija mía, escucha lo que voy a decirte: tu dolor me ha vencido y ha triunfado de mis resistencias... No quiero dejarte en el corazón un dolor del que sé que nunca te curarías... Quiero morir en tu misma fe y en tu misma esperanza...
Elena dio un grito ahogado, indescriptible, y cayó de rodillas con las manos juntas.
Lacante continuó:
—Te dejaré el gozo sobrenatural de un lazo invisible que nos tendrá unidos en la gran noche próxima...
Después de unos instantes de silencio, durante los cuales pareció que recogía sus fuerzas, siguió diciendo:
—No puedo decir que no tengo dudas. ¿Qué sabemos de lo que nadie conoce?... Mi espíritu está a obscuras... Pero quisiera creer... hace ya mucho tiempo... Este deseo es lo que ofrezco a Dios, si quiere contentarse con él...