¡Qué noche!... ¡Qué tortura!
Es horrorosa la agonía de un ser todavía lleno de vida y de pensamiento, luchando con un mal inflexible que le tiene en un suplicio, viendo el abismo abierto y cayendo en él sin flaqueza...
A las diez ha tenido una crisis horrible seguida de una larga postración semejante al sueño. Elena, arrodillada al lado de la cama, rezaba silenciosamente con un amoroso ardor de pena y de fe que la transfiguraba. Yo la envidiaba muy de veras...
—Elena... hija mía...
La joven se levantó y acercó la mejilla a aquellos labios moribundos, que la besaron.
Después, el enfermo, dijo con voz débil:
—Oigo como un ruido de campanas... ¿Será que sueño?
—Son las campanas de Nochebuena, que tocan a la misa del gallo.
—¡Triste Nochebuena para ti, pobre hija mía!
Se quedó un gran rato silencioso y con la mano de Elena entre la suya. Por fin, dijo con más fuerza: