Pero hete aquí que, al sentarse a la mesa, la muchacha se santigua con gravedad y recogimiento. La señora Polidora se echa a reír encogiéndose de hombros. Lacante sonríe, mira a Elena con curiosidad y, poniendo los dedos sobre la mano de su hija, le dice:
—Veo, hija mía, que eres piadosa y te felicito por ello; la piedad es una fuente de goces íntimos para los que la poseen... Aquí, en París, no se usa el hacer a cada paso manifestaciones de religión. Hay iglesias, a las que se va a rezar públicamente, y cada cual tiene su conciencia, que es una especie de capilla privada en la que se puede adorar a Dios «en espíritu y en verdad,» como dice la Sagrada Escritura, sin poner a nadie en la confidencia. No hagas más señales exteriores de fe y conténtate con llamar en secreto la bendición de Dios sobre tus actos del día. ¿Comprendes?
La muchacha se puso encarnada y escuchó inmóvil, con los ojos bajos, pero respondió sin vacilar y con voz firme:
—Sí, papá.
Al siguiente día otro incidente.
Era viernes, y Elena no comía. Interrogada por su padre, respondió que tenía costumbre de ayunar.
—Pues bien, querida niña—le respondió Lacante,—tienes que perder esa costumbre y conformarte con las mías, esto es lo justo. La obediencia es una virtud que hará las veces de la austeridad. Estoy seguro de que no me darás el disgusto de resistirte.
Elena sonrió y presentó el plato sin decir palabra. Lacante se puso muy contento por aquella sumisión sin echarlas de víctima ni sombra de enfado. Cuando llegué, lo encontré radiante.
—Es buena muchacha la tal Elenita, querido. Nada gazmoña ni rebelde.
Y me contó el episodio del día.