Yo le respondí con algo de aspereza:

—No hay que hacerle reproches; ha sido educada así.

—Sí, sin duda... sin duda... La Boivic la ha educado a su imagen; pero lo malo es que ha muerto a la mitad de su obra... En fin, a lo hecho, pecho. Después de todo esas mojigaterías no duran. No hay como París para limar lo que hay de sobra de ese género en un cerebro joven.

—Pero si tiene usted la intención de meterla en un convento...

—Hasta en el convento, amigo mío... El aire ambiente penetra por las rejas y por los claustros. Dentro de un año se quedará usted asombrado del camino que habrá hecho... y acaso llegue usted hasta a asustarse...

Lacante se dirigía a mí como para prevenir mis objeciones. Palabra de honor; cree que me voy a casar con su hija... ¿Y Luciana, entonces, mi Luciana adorada, que no es devota, sino que tiene una alma alta y generosa y una inteligencia hermana de la mía?

Mi amigo me ha hecho quedarme a almorzar, y mientras tanto hemos hablado de Elena. Me ha rogado que me informe de diversas casas religiosas, y después me ha dictado unas cuantas esquelas advirtiendo a nuestros amigos que no fuesen aquella noche, que era, como jueves, la de su recepción, con el pretexto de que le atormentaba la gota. La verdad era que le embarazaba la presencia de Elena en aquella casa tan pequeña, cuyas cuatro piezas están siempre abiertas. Veo que quisiera retardar la divulgación de aquella parte secreta de su vida, de aquel matrimonio no confesado, y acaso inconfesable, contraído según creo con una mujer de condición inferior, y del nacimiento de aquella hija, a la que había pensado establecer en Bretaña. Ahora va a tratar de confinarla en un convento hasta que se case, si es que no toma allí el velo. Por muy escéptico que sea, estoy seguro de que aceptaría con gusto esa solución, la más cómoda y la más secreta de todas.

Sirviéronnos el almuerzo en una mesita volante, al lado del sillón del enfermo, y aquello pareció una comidita de niños.

Elena entró, libre ya de su horrible casco y muy linda, a pesar de su timidez, con aquel puro perfil virginal entre los pesados rizos de cabello castaño obscuro.

Su padre se puso contento al verla así, y varias veces me hizo guiños de satisfacción.