Le dio unos golpecitos en el hombro y mandó a la señora Polidora que la llevase al cuarto que le había hecho preparar y que es la pieza contigua al despacho, atestada de libros, entre los cuales se ha logrado introducir una camita de campaña y un lavabo.
A todo esto, me estaba yo ocupando de hacer entrar los equipajes, que acababan de llegar. Cuando volví al cuarto de Lacante me le encontré hundido en su sillón, con las cejas fruncidas y aspecto de preocupación.
—Es un paquete, mi querido amigo, un verdadero paquete—me dijo moviendo la cabeza con aire consternado.
Protesté diciéndole que Elena era encantadora y que la había visto mal.
—¿Cómo había de verla debajo de aquellos trapos grotescos y a través de sus lágrimas? Detesto a las mujeres que lloran.
—Elena no está siempre llorando, y hasta tiene una risa fresca como un manantial de agua pura. Si yo tuviera una hija desearía que fuera como ella.
—Y devota, ¿no es verdad?
—Eso sí, lo es bastante...
—¡Vamos allá! Todo eso está muy bien, muy bien. Era lo que hacía falta en mi casa.
Hablaba con seca ironía, dando golpecitos impacientes con las manos en los brazos del sillón.