—Es Elena—le dije presentándosela.

Lacante le ofreció la mano.

—Acércate, hija mía, acércate... Yo no puedo salir a recibirte.

Tenía la pierna extendida y el pie rodeado de franela.

—...Pero mi corazón va a tu encuentro; sí, mi corazón va a tu encuentro.

Lacante dijo esto dos veces, como para convencerse bien a sí mismo.

La muchacha se arrodilló al lado de su butaca y le besó la mano, en la que cayeron unas lágrimas.

—¿Qué tiene? ¿Qué es lo que tiene?—me preguntó Lacante agitado.

—Un poco de cansancio y mucha emoción.

—Sí, sí... ciertamente... cansancio, emoción... Es muy natural... ¡Pobre niña! Eso pasará cuando nos hayamos conocido mejor.