—¡Ahí está París!—exclamó al ver la inmensa extensión de casas y monumentos que surgía en el horizonte.
Y se puso muy pálida.
En la estación tomé un coche con mi compañera, que temblaba hasta el punto de tener que sostenerla. Y, con voz ahogada, me preguntaba cada dos pasos:
—¿Es aquí?
Ni siquiera observaba el ruido de las calles, el cruzamiento de coches, ni la agitación de la multitud, absorbida por la idea de su padre, al que no conocía.
En la calle de Tournon la ayudé a apearse y a subir el único tramo que conduce a casa de Lacante.
Nuestro amigo es un madrugador, como sabes, y estaba ya levantado e instalado en su mesa de escribir.
La señora Polidora, digna y tiesa, nos introdujo, y al ver el extravagante traje de Elena, colgada de mi brazo, murmuró entre dientes con impertinencia:
—¡Dios mío! ¿Qué es esto?
No fue mejor la impresión que hizo a Lacante la vista de Elena, que estaba de pie delante de mí, cortada y confusa, esperando una palabra de bienvenida mientras la examinaban los penetrantes ojillos de aquel buen señor gordo y calvo, cuyos labios sinuosos se torcían en una risita nerviosa.