Si en aquel momento me hubiera dicho que abriese el balcón y me arrojase de cabeza a la calle, creo que no hubiera vacilado, hasta tal punto estaba mi corazón fanatizado de amor por ella en aquel momento.

—Haga usted de mí lo que quiera—dije muy conmovido.

Luciana respondió:

—Lo que yo quiero es un amigo. ¿Quiere usted serlo?

—No es bastante.

Se quedó un momento silenciosa, mirándome al fondo de los ojos, y dijo en seguida:

—¿Piensa usted en lo que pide?

—Ciertamente que pienso.

—No se apresure usted, porque acaso después le pesaría. A mí me basta con la amistad.

—Y yo la quiero a usted toda—exclamé con ardor.