Si hubiéramos estado solos, la hubiera estrechado contra mi corazón; pero nos rodeaban diez personas, y aunque las costumbres del salón autorizan ciertos modales familiares y una amistad íntima, debemos por eso mismo observar una circunspección y una reserva exterior irreprochables.
Obtuve de ella en aquella tarde permiso para considerarla como mi prometida y le expuse lealmente mi situación, que no es brillante. Tenía ya en aquel momento esperanza de que Marignol me escogiese para suplirlo en la cátedra del Colegio de Francia; pero no era más que una esperanza, y, por otra parte, las condiciones leoninas que me impone ese avaro de Marignol mejoran muy poco mi situación.
Luciana pareció sorprendida de que mis trabajos de crítica sean tan mal pagados. Lo cierto es que con lo que yo gano y con lo poco que a la pobre muchacha le producen sus miniaturas no podríamos sostener una casa.
—Veo—me dijo con un ligero suspiro—que durante largo tiempo tendremos que armarnos de paciencia, a no ser que alguna hada benéfica...
—Las hadas—respondí suspirando—olvidaron el darme, al nacer, entre otros dones, el de la riqueza... y nunca lo he lamentado como hoy. Tendremos, pues, que no contar más que con nosotros mismos y con nuestro esfuerzo.
—Soy valiente—me dijo.
Pero conocí, sin embargo, que aquella larga perspectiva de cuidados, de trabajos y de lucha encarnizada contra la mala fortuna, la entristecía, como era muy natural.
Al despedirme de ella, la estreché la mano y le dije con energía:
—Siento que su cariño de usted me traerá la dicha y espero encontrarme pronto en estado de poder asegurar a usted la dignidad de vida y la tranquilidad de espíritu a que tiene derecho.
Luciana respondió a la presión de mi mano: