—¿Y Lacante? ¿Dónde está el señor Lacante?

Comprendió en seguida, en la expresión de mi cara, que Lacante no me había acompañado, y sus hermosas facciones se ensombrecieron.

—¡Cómo! ¿No ha venido? Me había usted prometido traerlo... ¡Es fastidioso!... Querida Condesa, me va usted a guardar rencor por esta decepción, pero no es mía la culpa.

El desagrado de la Condesa Vannier era visible a pesar de sus protestas de urbanidad. La especialidad de esta Condesa consiste en conocer y recibir en su casa a todas las celebridades, no sólo de París, sino del mundo entero, cualquiera que sea su clase de celebridad. Creo que tendría orgullo en recibir en su salón a un licenciado de presidio, con tal que su crimen hubiese sido un poco ruidoso. Le falta Lacante en su colección, y Luciana le había prometido procurárselo valiéndose de mí.

Me esforcé por excusar a Lacante con vagas razones, pero Lautrec cortó mi inútil retórica.

—Si Máximo no trae a Lacante—dijo,—trae en cambio una novela inédita.

—¡Una novela! Veamos, veamos... Señor Cosmes, no puede usted negarse.

Tuve que contar de nuevo la historia de Elena, que interesó y divirtió mucho al auditorio.

Las mujeres se enternecieron por la enfermedad de la inocente y vieron en ella un castigo por la insensibilidad de Lacante.

Los hombres decían: