¡Pobre niña! Aquel cuidado por los demás, en medio de su fiebre, era conmovedor.
Polidora la cuida con un celo que la rehabilita a mis ojos. Después de todo, es posible que no le haya faltado más que la ocasión de tener virtudes.
He recibido esta mañana una deliciosa carta de Luciana. No la he visto desde la reunión de la otra noche y creía, no sé por qué, que estaba enfadado. La he tranquilizado en seguida con unas palabras dirigidas a la lista del correo, como está convenido entre nosotros. Nada más legítimo, puesto que somos prometidos. Sería duro a nuestra edad someter nuestra correspondencia a la buena señora de Grevillois, y acaso más duro todavía el excluirla de ella. Hemos pensado que lo mejor era ahorrarle ese disgusto.
Adoro las cartas de Luciana, porque se muestra en ellas más libre y más tierna que hablando. En los raros instantes en que podemos hablar solos está reservada y casi fría y me hace feliz esta reserva, hija de su pudor y de su dignidad. El lazo que nos une, aun siendo un poco místico, no deja de ser fuerte.
Máximo de Cosmes a su hermano.
6 de agosto.
¿Sabes que estoy celoso del interés que tomas por todo lo que se refiere a Elena Lacante?
La pobre niña es interesante, pero yo también, qué diablo... Y tú no parece que te das cuenta de ello.
Voy, pues, a decirte el estado de Elena. La crisis que se esperaba ha traído un alivio de la fiebre y la muchacha empieza a revivir, a mirar a su alrededor y a darse cuenta de las cosas. Hay todavía, sin embargo, alteraciones y lagunas en su memoria.
Lacante es extraordinario. Aunque el médico ha recomendado el reposo y el aislamiento a la enferma, Lacante entra diez veces al día en el cuarto de su hija, ya con el pretexto de buscar un libro, ya con el de cerciorarse de la buena temperatura. La fibra paternal hasta ahora inerte y muda, ha vibrado por fin al contacto de esta débil criatura, tan dulce en sus sufrimientos y tan linda en su doliente palidez. ¡Ah, querido! La belleza es una maga poderosa.