—Tampoco eso es alegre; la pobre niña está acaso a estas horas en el duro trance de la muerte.

—Entonces hablemos de otra cosa—dijo secamente; y me dejó casi en seguida.

No me he engañado sobre aquella sequedad aparente ni sobre aquel movimiento de mal humor: todo ese despecho viene de que he ponderado la belleza de Elena, de que está celosa, y sus celos prueban que me ama. ¿Qué más puedo desear?

Pronto la vi reír con unos cuantos hombres agrupados a su alrededor. Me mantuve a distancia, y mientras la de Jansien me confiaba a voz en cuello sus ideas soldadescas sobre el grande y único negocio de la vida, que es el amor, yo me embriagaba, de lejos, con la belleza de Luciana, con su ingenio, con su gracia, con los incomparables encantos de su talle y de sus movimientos, y pensaba que aquellos tesoros eran míos. ¿Comprendes que haya yo podido agradarla? Es increíble.

Máximo de Cosmes a su hermano.

30 de julio.

La enfermedad de Elena se prolonga sin dejar de ser grave. Los médicos esperan el veintiún día para pronosticar, entonces deberá producirse una crisis que será decisiva. La vi la otra mañana, muy blanca, en su camita de campaña instalada en la biblioteca para dos o tres noches y que será, acaso, el lecho de su eterno reposo. Su cara, tan pálida como las sábanas, se destacaba sobre la obscura encuadernación de los libros y sus ojos hundidos brillaban en la penumbra.

Me vio en la rendija de la puerta, donde estaba yo medio escondido, y me hizo una señal con la mano. Sus labios se movieron al mismo tiempo, pero su débil voz no pudo llegar hasta mí.

—¿Qué quiere?—pregunté a Polidora que estaba allí.

—Dice que no entre usted, porque se le puede pegar su enfermedad.