—¡Oh! Máximo no se ha aburrido—dijo Lautrec riendo.

Me pareció leer un poco de despecho en los ojos de Luciana; y como todo lo que atestigua el amor gusta al que ama, aquel despecho me resultó agradable.

La Condesa Vannier creyó que debía defenderme y habló de misión de confianza, de joven doncella sin protector, de lealtad, de delicadeza, de honor y otros lugares comunes, que todo el mundo tenía en la mente antes de que ella los dijese.

Pero la de Grevillois intervino oportunamente, rogando a Lautrec que nos recitara alguna de sus poesías.

Lautrec se excusó diciendo, con un acento de ironía más picante que todas las frases, que la paternidad de Lacante le tenía fuera de su estado normal; pero unas palabras de Luciana, acompañadas de una de sus irresistibles miradas, lo decidieron, y nos recitó un soneto de corte romántico, según el cual la crisis fatal de la vida humana no es el día en que se ama ni el en que se muere, sino aquel en que se sufre el primer desengaño de amor...

—Hay también el día en que se paga al casero—dijo una voz.

Hubo risas, pero el éxito de esta melancólica reflexión se perdió en el ruidoso triunfo de Gerardo Lautrec. Leyendo los versos no es posible formarse idea del efecto que produjeron dichos por él, con su voz cálida y envolvente, patético sin esfuerzo y con matices de infinita ternura o de varonil altivez. ¡Cómo tenía atentas y palpitantes a todas las mujeres! ¡Y cuánta era mi irritación al ver a Luciana suspendida de sus labios! Es el tal casi hermoso, alto y rubio como un inglés y con su flema y su tiesura un poco altanera. Joven, rico y con bastante talento para deslumbrar, tiene con las mujeres todos los éxitos que puede desear y hasta algunos más. Luciana, que tenía los ojos brillantes de entusiasmo, le dio las gracias con efusión y se lo llevó después al comedor con el pretexto de darle un refresco.

Lautrec, sin embargo, no tardó en despedirse, y yo me ofrecí el pobre desquite de hacer rabiar un poco a Luciana.

—¡Cómo!—la dije,—¿ya se ha marchado el poeta, a pesar de los encantos de usted?

—¡Ay de mí!—exclamó riendo;—olvidemos lo que es triste y hablemos un poco de esa joven tan deliciosa... de la hija de Lacante.