—No es recompensas lo que pedimos a Dios, sino que sea nuestro testigo en el áspero camino de la vida. Necesitamos saber que está presente, invisible y eterno, viendo las injusticias del destino, las violencias que nos imponemos por su gloria, las fatalidades que nos oprimen, nuestras miserias y nuestras virtudes, muchas veces ignoradas de todo el mundo.
Su voz vibraba, brillaban sus ojos, y Lacante la saludaba con gestos amables, más por su asombrosa belleza que por su elocuencia.
—Luciana nos hace ver maravillosamente—dijo con galantería Lacante—una ley fatal de nuestra pobre humanidad, que la conduce a concebir la existencia de Dios como un dogma necesario, mientras es incapaz de establecer racionalmente ese dogma. Este callejón sin salida—añadió riéndose—es el gran infortunio de los filósofos.
Después, dirigiéndose a Elena, que estaba escuchando con profunda atención, le preguntó:
—¿Qué comprendes tú de todo esto, hija mía?
Bajo la transparencia de su piel corrió la llama de rubor. La muchacha bajó los ojos sin responder; pero su cortedad divertía a Lacante, que insistió:
—Vamos a ver, dinos lo que piensas. Una devota como tú debe estar muy enterada de estas cosas. ¿Qué te representa mejor a Dios, la bondad o la belleza?
Elena respondió con gran dulzura:
—¡El amor!
Y tal palabra tuvo un encanto exquisito en aquellos labios inocentes.