Sofía nos echó a perder aquel delicado placer gritando a voz en cuello:
—¡Bravo! ¡Bravo! Esa es la verdad; la verdadera religión es la del amor.
—El amor, hijo de Venus—murmuró el Marqués, a quien aburrían estas cuestiones y buscaba un refugio, habitual para él, en la genealogía.
La Marquesa creyó que debía explicar el pensamiento de Elena.
—Esta niña, señores, sólo ha querido hablar del amor divino y no conoce otro; ¿verdad, querida? En el convento de Bretaña no enseñaron a usted más que a amar a Dios...
—A Dios y a los hombres, señora—respondió Elena con cándida intrepidez y sin echar de ver las sonrisas de todos.
—¡Diablo!—exclamó Kisseler con su brutalidad de siempre;—pido que se agregue a las señoras...
Elena no lo oyó, aturdida por la risa estrepitosa de Sofía, a quien estas bromas gustan extraordinariamente.
Nos levantamos de la mesa al ruido de aquellas carcajadas, y pasamos al salón.