Hace unos días llegué a casa de Lacante, como casi siempre, a llevarle algunas notas que me había pedido. Lacante había ido a una reunión del Diario de los Sabios, y no encontré en su despacho más que a Elena, muy ocupada en acabar una carta.

—¿A quién escribe usted con tanta aplicación?—le pregunté sentándome enfrente de ella.

Elena me enseñó el sobre.

—Al padre Jalavieux.

Parece que es el sacerdote que le dio la primera comunión.

—¿Y qué le dice usted que tan largo es? ¿Los pecados mortales?

—No, por cierto. Podían equivocarse de camino y... figúrese usted. Las cartas se pierden algunas veces.

—Enséñeme usted la carta, ¿quiere usted?

—No.

—¿Tan graves secretos escribe usted a ese padre Jalavieux?