Elena titubeó.

—No son precisamente secretos...

—¿Qué son, entonces?

—Cosas de poca importancia, pero dichas en confianza.

—¿No tiene usted bastante confianza en mí para decírmelas?

La muchacha bajó la cabeza sin responder.

Estaba tan linda con aquel aspecto de confusión juvenil y sincera, que quise divertirme en continuar la broma.

—¿No sabe usted que me intereso mucho por su persona, por sus ideas, por sus sentimientos?...

—Sé que es usted muy bueno y que quiere mucho a mi padre. A causa de esto, bien puede usted interesarse por mí.

—A causa de eso y otras muchas razones además, Elena. La quiero a usted ya... como a una hermanita.