—¡Oh! mejor—exclamó la muchacha con cándida alegría.

—En ese caso enséñeme usted su carta como lo haría si tuviese yo la suerte de ser su hermano.

Elena movió la cabeza y se puso grave.

—No... no puedo. Me parece que sería faltar a las consideraciones debidas al señor Jalavieux el admitir un tercero entre los dos sin que él lo sepa.

—He ahí un escrúpulo sutil... Por otra parte, ese señor no lo sabrá.

—¿Qué importa? La ofensa existiría aunque fuese ignorada... Puede que esté yo en un error, pero lo siento así.

Mientras hablaba estaba doblando la carta para meterla en el sobre, y yo me incliné rápidamente y se la quité.

—Ahora—dije poniéndola lejos para que no pudiera cogérmela,—soy dueño de sus secretos de usted, señorita Elena.

Echéme a reír al ver la indignación que había en su mirada por mi audaz atentado, y mientras me reía, mis ojos se fijaron casualmente en esta frase: «He visto una señorita muy linda a la que desearía querer mucho, pero...» Esta última palabra, aunque muy legible todavía, había sido tachada con un rasgo de pluma, y tal circunstancia tomó para mí una singular importancia.

—¿Es a la señorita de Grevillois a la que encuentra usted tan linda?—le dije enseñándole el párrafo de lejos.