Y nos separamos enfadados.
Máximo de Cosmes a su hermano.
...Diversos obstáculos me han impedido ir a casa de Lacante durante varios días. Ayer, jueves, día de la comida semanal, me fui temprano para poder hablar con él tranquilamente.
Elena estaba sola en la salita, y me salió al encuentro con expresión de cándida ansiedad.
—¿Todavía enfadado?—me preguntó, y su voz, su mirada, su hermosa mirada, pues no se puede negar que tiene unos ojos admirables, todo, en su joven fisonomía y en su actitud, parecía implorar.
Yo no pude fingir un descontento que tenía ya olvidado, y respondí:
—Nada de eso... ¿Cómo guardar rencor a una niña como usted?
Le dí la mano, la tomó, y antes de que yo pudiera preverlo ni impedirlo, me la besó...
Si te crees que el beso de aquellos lindos y frescos labios me produjo un inmenso placer, te engañas. Ese beso me ocasionó sorpresa y confusión, además del secreto chasco de sentir bajo su candor un sentimiento de inconsciente veneración. Y, ¡qué diablo! si es hermoso el ser venerable, y honroso el ser venerado, con todo, la cosa es, a mi edad, un poco desconsoladora.
Lacante, con gran estupefacción de todos, nos anunció aquella noche que se va a instalar en el campo. Si lo conocieras como yo, comprenderías lo que tiene de revolucionaria esa extraña decisión. Hace mucho tiempo que nos dejaste y que estás corriendo por el mundo de las embajadas, para darte cuenta de la fijeza proverbial de las costumbres de nuestro amigo.