Piensa que nunca ha viajado para no separarse de sus libros y de su mesa.

Aquel espíritu tan curioso se ha condenado a no conocer nada del vasto mundo más que por la lectura y por su maravillosa intuición de las cosas. Así fue que le hicimos repetir varias veces su declaración.

Parece ser que es la Marquesa la que ha provocado esta revolución, que ella sola aprovechará, pues la casita que Lacante ha alquilado en Vaucresson está muy cerca de su «Villa del Lys.» Ha convencido a Lacante de que el aire puro de los bosques es necesario para el completo restablecimiento de Elena, y acaso tiene razón, pues la convaleciente tarda en recobrar sus colores. Este arreglo me agrada desde que he sabido que Luciana y su madre están invitadas para fin del verano en la «Villa del Lys.» La Marquesa quiere que Luciana le haga su retrato en miniatura y dar al mismo tiempo a Elena una amiga joven y distinguida que dispense provisionalmente a Lacante de la necesidad de buscarle una señora de compañía. Todo está habilidosamente combinado en favor de los intereses de la Marquesa, que no puede pasarse sin Lacante.

Es asombrosa la influencia que ha tomado esta mujer sobre un hombre de una inteligencia notable, de una penetración extremadamente sutil y dotado de un sentido tan distinguido de lo delicado y de lo raro. Ella es pesada y ruda, sin conjunto ni elegancia natural. A pesar de los artificios de la modista y del peluquero, sigue ordinaria, tiesa y evidentemente salida de los almacenes de productos químicos de su señor padre. Y su espíritu está en armonía con su cuerpo. Tiene inteligencia, pero vulgar, y sus ideas, que ella quiere presentar como superiores, son todas prestadas y reflejas, no se apoyan en nada personal y sólo descansan en el vacío. Tiene opiniones generalmente extremas, porque se figura que pensar fuera del sentido común es colocarse en la categoría de las almas privilegiadas. Sus juicios son duros e inflexibles, porque su escasa vista no distingue los matices, pero pronuncia sus sentencias en voz baja e indiferente, por haber oído decir que es de buen tono no animarse por nada. Tiene pocos o ningunos principios, y pasa, sin embargo, por haberse mostrado virtuosa en más de una circunstancia. Pero emplea una especie de ostentación en adornarse con la amistad de Lacante, cuyo alcance parece que trata de acentuar.

Y es que así conviene a su vanidad. Con cierta instrucción y alguna memoria, quiere echarlas de ingeniosa, y puedes pensar cuánto contribuye a su reputación la presencia habitual de Lacante y cuánto se la envidian.

Lo más asombroso es que a él le guste, pues no es posible que se haga ilusiones sobre lo que vale la señora. Pero esos demonios de escépticos y de «ironistas» no necesitan ilusión y toman de cada cual lo bueno que tiene, sin ocuparse de lo demás.

Hay varias cosas que le han gustado en la Marquesa de Oreve y alrededor de ella. En primer lugar, la atmósfera de lujo y de elegancia en que vive. Sabes tan bien como yo que Lacante es de una familia de las más modestas y que ha conocido en su juventud la estrechez y las vulgaridades de las existencias necesitadas, la fealdad de los mueblajes de ocasión y el olorcillo de las alcobas demasiado pobladas, en las que se mezclan las emanaciones de las camas con las de la cocina. Ha comido en mesas en que un hule hacía de mantel y en vajillas desportilladas. Fuera ya de la familia y durante las languideces de sus largos comienzos en la república de las letras, ha sufrido trabajos y hasta ayunado, más ávido entonces de libros que de bienestar, aunque llevando en sí mismo, oculto y comprimido, el sentido de las cosas bellas, delicadas y exquisitas.

El prestigio y la influencia encantadora de tales cosas se apoderó de él al entrar en la existencia íntima de los Oreve y en aquella casa de una suntuosidad elegante, en la que sus consejos y su innato buen gusto han introducido refinamientos de arte. Las atenciones de la de Oreve ganaban a sus ojos con estar adornadas de alhajas, de sedas y de encajes y hasta su título de Marquesa tenía como un perfume de polvos «a la maréchale» que le hacían retroceder un siglo, lo que gustaba a su imaginación curiosa del pasado. Puede ser también que lo conquistase el culto entusiasta de la Marquesa y su admiración fecunda en adulaciones, pues los más listos se dejan atrapar por ellas. La vanidad del uno y del otro, aunque desde puntos de vista diferentes, ha podido ser el lazo de esa amistad tan desproporcionada en apariencia. La verdad es, sí, que los afectos más tiernos se cansan algunas veces, la vanidad subsiste siempre por lo mismo que nunca se harta.

¿Se sabe jamás en qué consiste el atractivo de dos seres, el uno hacia el otro? Los mismos que le experimentan no se dan cuenta de ello muchas veces.

También el Marqués ha contribuido a mantener esa rara intimidad. La solemnidad beatífica con que encubre su nulidad, sus manos cuidadas de ocioso, sus pretensiones de resolver las cuestiones de etiqueta diplomática, porque fue en otro tiempo simple agregado a la legación de Berna, y hasta ese pueril conocimiento de las genealogías aristocráticas que le permite jugar con los grandes nombres como un chicuelo con las tabas, todo ese conjunto de necedades divierte a Lacante y completa el decorado.