—Lo veo a usted venir: el amor es infinito, ¿verdad?
—Lo es el mío, ciertamente.
—Diga usted el nuestro, Máximo.
Mi amada recobró su alegría y su gracia seductora, Íbamos lentamente por los frondosos senderos del bosque y habíamos olvidado el objeto de nuestro paseo, cuando vimos venir a nuestro encuentro, muy lejos aún, a Elena con Polidora, que no nos habían visto y se detenían de vez en cuando para cortar flores.
—Ahí tiene usted al retoño de Lacante en su elemento—dijo Luciana con un dejo de desdén.
—¿No le gusta a usted, Elena?
—¿Qué quiere usted que le diga? Apenas la conozco... No es más que una chiquilla...
—Si usted quisiera ocuparse de ella con un poco de indulgencia, la sociedad de usted podría serle muy provechosa.
Luciana hizo un gesto que no fue de entusiasmo.
—No sabría qué decirle... Es imposible encontrar dos naturalezas más opuestas que la de la hija de Lacante y la mía. No sabe nada de lo que a mí me interesa... No sabe nada de nada, por otra parte... Me extraña mucho que pueda usted hablar con ella más de diez minutos.