—Pues yo la encuentro encantadora... y rara.

—Rara, ciertamente, pues ese tipo no se encuentra más que en las selvas vírgenes o en las estepas de Bretaña. Que es encantadora... me lo ha dicho usted varias veces...

—Aseguro a usted que me complacería mucho procurando trabar amistad con ella... Ya sabe usted lo que es Lacante para mí.

—¡Hacerme amiga suya!—exclamó.—Enséñeme usted entonces por dónde hay que tomarla.

Estábamos ya muy cerca de Elena, quien nos conoció y nos saludó con un gran ramo que traía en la mano.

—¿De dónde viene usted?—le pregunté.—¿De una santa peregrinación, de una iglesia, de una capilla?

—No acierta usted... He pasado el tiempo de un modo más profano... Vea usted mi cosecha.

Y nos enseñó el ramo.

Polidora, tomando un aspecto de importancia, empezó a decir con algún retintín:

—Venimos de...