Elena se volvió vivamente hacia ella.

—No diga usted nada, Polidora; se lo ruego... Hay que enseñar a don Máximo a no ser curioso.

—Tendré que contar, ciertamente, su fechoría de usted a su señor padre—respondió el ama de gobierno.—Nada me impedirá cumplir con mi deber.

Elena respondió con dulzura:

—Hará usted bien.

Y dirigiéndose a Luciana, le preguntó si le gustaban las flores e hízole admirar las que formaban su ramo...

Mientras tanto hice hablar a Polidora, que muy engallada y con gesto desdeñoso, iba detrás como para separar sistemáticamente su causa de la de Elena. Era evidente que había discordia entre ellas, y como la vieja estaba deseando charlar, no esperó a que yo la preguntase.

—¡Dios mío! No es que esta muchacha sea mala, ¡oh! no; pero es imprudente. Ha sido criada como una salvaje en un país donde no hay civilización... Habla a todo el mundo y hace conocimiento con el primero que se presenta.

—¡Cómo!—exclamé.—Pues parece más bien tímida y más inclinada a callarse que a hablar.

—Sí, aquí, en la buena sociedad... porque conoce que no está en su centro ni a la altura necesaria. Pero en los caminos, no pasa un mendigo ni una paleta sin que arme conversación con ellos. No tiene malicia, ni desconfianza, ni sentimiento alguno de las conveniencias... Por más que le digo: «¡Eso no se hace!» ya está hecho cuando yo hablo... El otro día iba un pobre hombre tirando, con su perro, de una carretilla cargada de chirimbolos, y con la lengua fuera al subir un repecho. Vuelvo la cabeza y ¿qué es lo que veo? La señorita, que iba empujando por detrás con todas sus fuerzas y que siguió así hasta lo alto de la cuesta, por más que le dije. Además le dio todo el dinero que llevaba... No es por el dinero, pues me gusta que las jóvenes tengan la mano abierta, pero las conveniencias...