—Seguramente que no—exclamó Polidora.—Todo lo que se haga por ella será como no hacer nada.
—Papá, te lo ruego; permíteme al menos que les envíe algún socorro.
—Pero tú quieres arruinarme—dijo Lacante sonriendo y acariciando el cabello de su hija, que estaba arrodillada a su lado en la hierba.
—¿Quieres, verdad?—le dijo Elena besándole la mano.—Estoy segura de que doña Polidora consentirá en volver al campo Quemado.
Pero Polidora, muy ofendida y roja de indignación, declaró secamente que lo que no estaba bien para la señorita no lo estaba para ella y que, por otra parte, no tenía afición ninguna a visitar perdidas.
¿Comprendes a la joven y dulce virtud de Polidora temblando por su pureza?
Elena, muy confusa por haber ocasionado tal algarada, me echó una mirada cuya angustia comprendí en seguida, y me propuse ser el mensajero de su caridad.
Lacante dijo entonces que permitía a Elena volver, acompañada por mí...
—¡Y por mí!—se apresuró a decir Luciana.
Se convino en que iríamos los tres el domingo próximo, y Elena, radiante, nos dio las gracias a Luciana y a mí como si le hubiéramos hecho un rico regalo.