Elena al Padre Jalavieux.

Septiembre.

Me pregunta usted, señor cura, si tengo amigas y cómo son... Todavía no he encontrado ninguna a mi gusto.

Tengo, sin embargo, por vecina a una joven muy guapa, inteligente y artista. La veo con frecuencia, casi todos los días, desde que vivimos en la «Villa Sol». Viene a buscarme, sola o acompañada, para que demos un paseo por los bosques, y creo que la aburro, mientras que ella me intimida, lo que hace que apenas cambiemos palabras y menos aún pensamientos. Encuentra que soy ignorante, lo que es mucha verdad, y que tengo un entendimiento estrecho y limitado, lo que podrá ser cierto sin que yo me dé cuenta de ello. Naturalmente, no me lo dice así en mi cara, porque es muy fina; pero en varias ocasiones en que no se trataba directamente de mí, le he oído expresarse duramente contra las personas demasiado devotas y cuyas prácticas diarias empequeñecen la religión. Sabe usted, sin embargo, señor cura, con cuánta facilidad se cae en la indiferencia cuando se descuida el rezar todos los días. Dios se vuelve entonces como extraño, no se oye ya su voz en el fondo de la conciencia, no se sabe lo que nos manda ni lo que nos prohíbe y, en ese silencio de la voz interior, se flota al azar del humor y de las circunstancias.

Hace un momento, Luciana, así se llama, me ha preguntado de repente, después de andar juntas un gran rato sin decir palabra, si no sentía a Dios presente en el aire puro y libre de los campos, en las frescas enramadas del bosque, en el brillo chispeante del sol y hasta en la delicada pequeñez de los musgos y de las flores lo mismo que en la iglesia.

Le respondí que, en efecto, nada me hace más sensible la presencia de Dios que las inocentes bellezas de la Naturaleza.

—Entonces, ¿por qué le gusta a usted tanto ir a las iglesias?

—Porque allí es donde se realizan los misterios.

Me miró con una especie de asombro y no insistió.

Luciana es creyente, tiene el alma religiosa y habla noblemente de Dios y de las cosas divinas, que ella saborea como artista, más sensible, acaso, al sentimiento un poco vago de lo divino que a una fe precisa y determinada. Piensa que los dogmas estorban al impulso del alma hacia Dios, cuando, por el contrario, son para ella un punto de apoyo sólido que nos impide extraviarnos del camino recto; y porque así se lo digo me encuentra el entendimiento estrecho y limitado. Siento cernerse su desdén sobre mi cabeza y esto me produce una timidez que me cuesta trabajo dominar.