—Ya está usted ahí—dijo en voz baja y bronca.—Creí que no vendría usted.
—Lo había prometido.
—Se dicen esas cosas... y después... si te vi no me acuerdo.
Su voz se debilitó y murmuró, con cólera, sílabas incomprensibles. En seguida exclamó con aliento ahogado:
—Los pequeños... tienen hambre... No hay qué comer... Yo no puedo trabajar.
—No, pobre mujer, está usted todavía muy débil—dijo Elena con dulzura.—He traído para ellos pan y carne, y para usted caldo y vino.
Al mismo tiempo sacó las provisiones del cesto.
—Y aquí tiene usted un poco de dinero—añadió abriendo el portamonedas.
—¡Venga, venga el dinero!—exclamó la enferma, abriendo con ademán de fiera las largas y huesudas manos sacudidas por un calofrío...—¡El dinero! ¡El dinero!
No se calmó hasta que sintió en la mano dos monedas de plata, sobre las cuales se crisparon sus dedos; y, como si el esfuerzo la hubiese aniquilado, sus párpados se cerraron y su aliento anheloso se suspendió un instante.