A todo esto, la hija mayor de la Briffarde, pálida muchachona de unos doce años, estaba repartiendo entre sus hermanos el pan, la carne y unos cuantos coscorrones destinados a reprimir la indiscreta avidez de su apetito, todo esto en medio de un ruido infernal de gritos y llantos.

—Salgamos—me dijo Luciana, sofocada por el hedor de aquella cueva y estremecida de repugnancia. Yo hice seña a Elena de que se acercase.

—Esta mujer se está muriendo—le dije muy bajo.

Elena me miró con espanto y palideció.

—Todavía no, ¿verdad? Todavía no...

Y su voz me suplicaba como si hubiera dependido de mí el prolongar aquella vida expirante.

—Estoy seguro de que le quedan pocos instantes de vida. Si quiere usted evitar el cruel espectáculo de su agonía, no se esté usted aquí.

—¡Oh! no, no es eso lo que temo...

Se aproximó a la moribunda, le cogió la mano, aquella mano a la que una avaricia suprema tenía fuertemente apretada sobre las dos monedas, y la acarició dulcemente.

—¡Pobre mujer! La encuentro a usted hoy muy débil... Los niños deben de fatigarla...