Puso otra vez la mano en la de la moribunda, humedecida por un sudor glacial, y le dijo tiernamente:

—¡Cuánto sufre usted! Quisiera, antes de marcharme, que rogásemos juntas a Dios, pues yo creo en Él y lo amo.

La mujer dejó ver una risa sarcástica, y aquella risa, cortada por el hipo de la muerte, resultó horrible.

—Usted lo ama porque tiene razones para ello... ¡Yo, no!

—Siempre tenemos razones para amar a nuestro padre, y Dios lo es para los que le ruegan, para los que tienen confianza en Él, y le piden perdón por sus faltas... ¿Quién será el que no lo haya ofendido mil veces? Una sola palabra de arrepentimiento puede obtenernos su perdón... Usted lo sabe, ¿verdad? pues se lo han enseñado en el catecismo...

—Allá, en tiempos... sí, como a los demás.

—Entonces creía usted en Dios...

—Es posible... Cuando una es joven cree todo lo que le cuentan... pero después todo varía... Ya no creo en nada... Esas son historias para divertir a los pobres.

Volvió los ojos irritados hacia la puerta, en la que estábamos apoyados Gerardo y yo, y dijo:

—Oiga usted; pregunte a esos señores si van a misa.