—¡Yo sí voy!—dijo Gerardo.
—¿Y a confesarse?... ¡Bah! Eso es bueno para los desgraciados... para cerrarles la boca cuando la miseria les hace gritar demasiado fuerte... Dios, los curas y los ricos, se entienden muy bien... Yo no quiero cura... no quiero... He jurado que ninguno se acercaría a mí... y quiero cumplir mi promesa...
—¿A quién ha hecho usted tal promesa, pobre mujer?
—¿A quién?...
Estúvose un buen rato sin responder y dijo después bruscamente:
—El que me hizo jurar eso fue el padre de mi hijo más pequeño.
—¿Y dónde está el padre?—preguntó cándidamente Elena.
--- ¿Dónde está?... ¡Qué sé yo!... Se marchó hace muchos meses... Desde entonces estoy enferma...
Su palabra, entrecortada por las sofocaciones, se iba haciendo incomprensible.
—¿No guarda usted rencor al padre de ese niño? Dígame que le perdona.