—Hay veces que si lo atrapara por mi cuenta, al miserable...
Intentó un gesto de amenaza, pero no pudo levantar la mano, que se crispó bajo los harapos que la cubrían en parte.
Después siguió diciendo con voz vacilante:
—Otras veces... otras veces...
Y parecía buscar penosamente los jirones de su pensamiento fugitivo.
—Otras veces—dijo dulcemente Elena, inclinada hacia los fétidos harapos,—recuerda usted el tiempo en que se le enseñaba esta hermosa oración: «Dios mío, perdónanos, como nosotros perdonamos a los que nos han ofendido.»
La Briffarde volvió hacia ella aquellos ojos que se apagaban, y sus facciones contraídas tomaron una expresión de paz. Sus labios resecos se entreabrieron, y, como un soplo, dejaron pasar la palabra: «Perdón...» Desde las profundidades del pecho subió a la garganta un estertor que se detuvo de repente. En aquellos ojos, ya fijos, aparecieron dos lágrimas sin rebosar de los párpados y se reabsorbieron lentamente, como el agua en una tierra árida.
Me aproximé a Elena y la así la mano.
—¡Se acabó!—dije.—Ahora venga usted.
—Hay que cerrarle los ojos—respondió Gerardo, que estaba a mi lado y cumplió ese piadoso deber.