Elena se levantó sin resistencia y me siguió.
En el campo se oía reír a los niños pequeños, que estaban jugando al escondite, mientras el mayor se pegaba con otro chico de su edad.
—¡Vámonos pronto!—exclamó Luciana estremeciéndose.—¡Es horrible la muerte!...
Elena me miraba indecisa.
—Los niños... ¿Qué hacemos? ¿Dejarlos solos con su madre muerta?
—Voy a avisar a los vecinos. Espéreme usted.
Luciana, impaciente por dejar aquel fúnebre lugar, vino conmigo hasta la casa más próxima, donde había dos mujeres trabajando junto a una ventana abierta.
—Por fin se ha muerto—dijo una de ellas cuando le noticié la muerte de la Briffarde.
—No se ha perdido mucho—respondió la otra; una morenilla bastante fresca.
—Con todo, caballero, la muerte es siempre alguna cosa, ¿no es verdad?