El encanto estaba roto. Retiré el brazo, me separé de ella y respondí:
—¿Yo? nada... Usted sueña... ¿Qué puedo tener que decirle?
—Me pareció... ¡Vaya! ¡Ya está usted enfadado!
—Nada de eso... Usted es linda, el tiempo hermoso y el bosque está perfumado, ¿qué más puedo yo pedir?
Mirábala yo de reojo, de vez en cuando, y la veía andar, tiesa y orgullosa, sin volver ni una vez la cabeza hacia mí, y con los ojos fijos en la joven pareja que iba delante de nosotros y que parecía hablar con animación. Pensé entonces que, al verlos tan interesados el uno por el otro, comparaba tristemente su entusiasmo con nuestro silencio de enfado, y este pensamiento me conmovió.
—Querida Luciana... he debido comprender que esta expedición la ha puesto a usted nerviosa y que su rigor no era más que un efecto del cansancio... No he debido guardarle a usted rencor...
—Luego, quiere usted decir que me lo guardaba usted—respondió en tono más dulce, pero con cierta expresión de aburrimiento.—La verdad es que este paseo me ha hecho daño y que no me falta nada para llorar.
Y su voz temblaba, en efecto, lo que acabó de enternecerme.
—Luciana mía—exclamé,—si la he disgustado a usted, le pido perdón... Y, sobre todo, no llore, pues no podría resistir sus lágrimas, y no sé qué me impediría colgarme de la rama más alta de ese roble.
—Excelente medio de arreglar de una vez nuestras querellas—dijo Luciana riendo.