Después se adelantó hasta alcanzar a Elena y a Gerardo, y añadió en voz alta:

—Señor Lautrec, usted, que es alto, ¿quiere alcanzarme esa rama de madreselva?

Gerardo se volvió al oír su nombre y se apresuró a cortar y ofrecer a Luciana la rama de madreselva que estaba enredada en el mismo árbol en que había yo dicho que podría ahorcarme.

—¿Es para darme un disgusto para lo que ha recurrido usted a Gerardo a fin de que le diese esa flor?—pregunté a Luciana.

—Ha sido para ofrecérsela a usted, caballero—respondió poniéndomela en el ojal.

Su mal humor parecía disipado y Luciana sonreía embriagándome con su mirada y con el ligero aliento de sus labios. Besé aquellos finos dedos que me condecoraban con tanta gracia, y se firmó la paz.

Sin embargo, me ha quedado de aquel día un vago e inquieto malestar. ¿Qué hay en Luciana que no puedo definir?... De los rincones inexplorados de su alma surgen, a veces, como relámpagos, unos rayos fugitivos que me dejan vislumbrar su misterio, y se apagan después sin que se haya determinado nada preciso. De esos resplandores furtivos en el alma impenetrable de mi amada me queda un temor lleno de atractivo y como un deslumbramiento doloroso.

Elena al Padre Jalavieux.

Septiembre.

Otra vez ya, mi buen señor cura. Debe usted de pensar que me doy demasiada importancia y que invado un poco su descanso. Pero ¿es mía toda la culpa? ¿No me anima mucho la bondad de usted?