—Tendré que separarme de mis amigos o de mi hija.

Y después de una pausa añadió:

—Es duro, a mi edad, romper con unas amistades de cuarenta años.

—Kisseler es incorregible e incomprensible, es verdad... Los demás tienen más tacto.

—¿Cree usted eso?... Hay discusiones de ciencia y de filosofía que ofrecen iguales o mayores peligros que las enormidades de Kisseler para un entendimiento joven y cándido como el de Elena. ¿Le parece a usted que ha comprendido ni una palabra de toda esa grosera historia?... Como si la hubieran contado en chino. Mientras que la sequedad de la duda que se introduce en esa tierna naturaleza substituye a la cándida fe que es su fuerza y su gracia...

Y Lacante levantó las manos y las dejó caer, como si viese ya pulverizado todo el edificio de fuerza mística.

—Admito—dijo,—que Elena no entiende las obscenidades de Kisseler, pero así como el oído se acostumbra a los sonidos de una lengua extranjera y acaba por comprender su significación, ¿no teme usted que?...

—¿Que sepa pronto más de lo necesario? Sí, sin duda.

—Es verdad—dije no sin malicia,—que le he oído a usted en otro tiempo expresar la opinión de que no es prudente dejar a las jóvenes en la ignorancia de las necesidades de la vida y que los padres asumen así una gran responsabilidad cuando llega el momento de elegir su destino.

—Aquellas eran teorías y frases de solterón—dijo moviendo la cabeza.—Solamente sabe el precio de la pureza el que ha podido penetrar hasta el fondo el alma de una virgen. Toda iniciación que no sea la del amor es un sacrilegio. Sí, sólo el amor tiene derecho a revelar los misterios...