Reflexionó unos instantes y siguió diciendo:
—Habría que casar a Elena. Podría ciertamente sacrificarle Kisseler y mucho más; pero soy viejo, amigo mío, y he recibido hace poco una dura advertencia, y debo asegurar el porvenir de esa pobre niña. Tiene algunos bienes, a los que se añadirán después los míos; es bonita y tiene bastantes cualidades para que no le falten los partidos.
—Es deliciosa—exclamé.
Lacante fijó en mí sus ojillos grises y penetrantes y yo bajé la cabeza.
Después siguió diciendo:
—Sí, ¿verdad? Más de uno lo juzga así, y cuando yo declare mis intenciones ya sé quiénes se pondrán en la fila... Pero solamente Elena decidirá.
Se levantó pausadamente (noto que se va entorpeciendo) y se apoyó en mi brazo para entrar en su cuarto.
Al estrecharme la mano, me dijo:
—Esta niña merece ser dichosa.
—Lo será—respondí maquinalmente.