Me dirigió entonces una seña amistosa y me dijo:

—Gracias, hijo mío.

¿Aplicábase esta frase al apoyo de mi brazo o a mi frase trivial sobre la dicha de Elena? Me quedé en la duda y esta duda me ha turbado.

Durante todo el camino he ido repitiéndome los términos empleados por Lacante en esta conversación y los de mis respuestas. ¿Debía revelar a Lacante mis compromisos con Luciana, a pesar de mi promesa de no decírselo a nadie? ¿Por qué debía hacerlo así?... Por temor de que a Lacante se le haya puesto en la cabeza darme su hija. Pero, si no piensa en tal cosa y me he engañado, ¿no sería tan ridículo como impertinente el tomarle la delantera y hacerle comprender que he adivinado su intención y que no debe contar conmigo? Por otra parte, ¿no ha dicho que solamente Elena elegiría?

Este último pensamiento ha calmado considerablemente mis escrúpulos, pues no tengo ningún motivo para creer que Elena decidirá nunca en mi favor, sino todo lo contrario.

Este Lautrec me parece muy solícito para con ella (lo está, eso sí, con todas las mujeres); es joven, elegante, rico, y como tiene pretensiones literarias que Lacante puede favorecer, bien pudiera ocurrir que por ese lado hubiera un desenlace muy dichoso...

Pero, es raro, la idea de ver a Lautrec convertido en el hijo de la casa, en la de Lacante, me oprime el corazón... No puedo, sin embargo, casarme al mismo tiempo con Luciana y con Elena, la morena y la rubia... Estoy loco y me voy a la cama.

Buenas noches, querido hermano...

Elena al Padre Jalavieux.

Octubre.