—Esto es lo que se llama una hija trabajadora y buena... Capaz serías de estarte trabajando hasta perder las fuerzas, sin pedir gracia.

Yo no estaba cansada y así se lo dije, y añadí que era muy feliz figurándome que le ayudaba un poco.

—Sí que me ayudas y que me facilitas la tarea. Me extraña el ver que, sin confusión ni ruido, te has hecho este trabajo de investigaciones que no tiene nada de seductor y que exige, después de todo, sagacidad y atención.

Yo estaba contentísima, como usted comprende, señor cura.

Mi padre siguió diciendo:

—Las mujeres son, verdaderamente, criaturas asombrosas, dotadas de una facultad de asimilación y de una finura de intuición que suplen a lo que ignoran. Ven a darme un beso, pequeña encantadora. No te figuras lo que te admiro a veces sin que lo parezca. Tu vida es muy grave para una muchacha de tu edad.

Me apresuré a ir a besarlo, y después me senté en la hierba a sus pies... Mi padre se puso a acariciarme el cabello, un poco pensativo.

Y yo, que nunca he sido acariciada, me sentía feliz, en aquella tarde de sol, entre el perfume de las resedas y de los heliotropos.

—De pronto me dijo:

—¿A quién haces tú tus confidencias?... No siempre es a mí...