—Ahora—dijo mi padre,—trabajemos una hora más y te dejaré en libertad.

Estaba yo distraída, mi pensamiento divagaba y tenía gana de llorar. Mi padre echó de ver esta languidez desusada, y me despidió.

Puse en orden los papeles y me levanté prestamente.

—¡Cómo! Hija desnaturalizada, ¿te vas sin darme un beso? ¿Me tienes rencor?

—Sí—respondí apretándole la cabeza con las manos y besándole en la calva;—sí, porque veo que tienes prisa de desembarazarte de mí.

Mi padre dio un golpe en la mesa con mucha furia.

—Faltas a la verdad a sabiendas... ¡Vete de aquí o te tiro mi Aristóteles a la cabeza!

Y blandía el librote con fingida cólera.

Eché a correr y me refugié en el bosque vecino, un lindo bosque de senderos tortuosos y sombríos, en los que me interné con gran necesidad de estar sola.

Aquella prisa por casarme me entristecía.