—Pues bien, papá, elige tú...

—Perfectamente... Elijo a Kisseler...

—¡Kisseler!

Mi espanto le hizo reír de buena gana.

—Eso le enseñará a usted, señorita, a reflexionar antes de hablar.

—Creí que elegirías otro.

—¿Cuál? ¿A quién harías de buen grado el precioso don de tu personilla?

—Ya lo pensaré, papá. Veo que contigo no hay que andarse en bromas. Pero ¿quién me dice que el feliz elegido no será recalcitrante?

—Eso, pequeña, es asunto vuestro. No puedo darte ni garantía ni consejos. Creo que esas cosas se arreglan de un modo amistoso y que tú estás hecha de un modo que hará fáciles los arreglos.

—¡Amor propio de autor!—pensé tristemente.