—¿Eso crees? ¿Es eso una prueba?... ¿Cómo te arreglas para verlo así?
—Eres bueno y Dios me ha dado un padre como tú.
—¡Ah! Vamos; sales del paso con un madrigal... Pero piensa que lo que Dios te ha dado, puede quitártelo.
Me estremecí, y él, que lo vio, siguió diciendo con dulzura y estrechándome contra su pecho:
—La experiencia prueba, hija mía, que todo lo que vive tiene que morir, y no he de escaparme yo de la ley. Por eso te preguntaba hace un momento, no por malicia ni por curiosidad, sino porque desearía vivamente que entre los jóvenes, distinguidos por diversos títulos, que me rodean, hubiese alguno bastante dichoso para agradarte y al que pudiera yo confiar el cuidado de tu porvenir.
—¡Me dices cosas crueles!—exclamé.
—¿Qué tiene de cruel el que desee tener dos hijos en vez de uno?... Tu matrimonio, tontina, no apresuraría mi fin sino todo lo contrario, pues me daría una tranquilidad de espíritu preciosa a mi edad. Hay que ver las cosas con calma y buen sentido. El matrimonio es la verdadera vocación de la mujer, y no veo nada de espantoso en que una guapa muchacha se case con un buen mozo de su gusto... ¿Qué dice de esto la señorita?
Al decir esto me estaba pellizcando amistosamente una oreja y moviéndola para despertar mi atención.
—Es que, hasta ahora, no tengo gana de casarme... ¡Soy tan feliz a tu lado!
—Frase clásica de dama joven. Todas las muchachas, tarde o temprano, tienen gana de casarse y si tú no la tienes todavía es que estás un poco atrasada para tu edad. ¡Diecisiete años! ¡Ahí es nada!... Un monstruo... de una bonita especie, lo confieso...