Me interrumpí, no sabiendo realmente si decía la verdad.

—Entonces es Máximo... a no ser que el doctor...

—No, no, por cierto.

—Bueno—dijo mi padre radiante,—entonces la palma es de Máximo...

—Te aseguro, querido papá, que no lo sé y que nunca me he preguntado semejante cosa. Mi único pensamiento, que ha absorbido todos los demás, ha sido no serte molesta, no disgustarte y tratar de hacerme querer un poco. Todo lo demás me es igual.

Mi padre me atrajo hacia sí y me besó tiernamente.

—¡Pobre hija mía! Dios sabe, si existe, que lo has logrado bien.

A pesar de la exquisita dulzura de sus palabras, a pesar de sus caricias, me pareció que una larga y acerada aguja había penetrado en mi corazón, y en medio de mi alegría, pasó por mí un calofrío de espanto. «¡Dios sabe, si existe!» No puedo acostumbrarme a esa forma irónica de la duda, habitual en mi padre. Acaso no es más que un vicio de su mente, contraído hace largo tiempo y que se manifiesta mecánicamente.

No quise hacerle ver que me había entristecido y traté de responderle con buen humor.

—La prueba de que Dios existe es que tú eres bueno...