¡Pobre Luciana! ¿Por qué soy tan severo... y tan injusto acaso con ella?
Ayer, cuando llegué a casa de la Marquesa de Oreve, estaba Luciana en el jardín con un libro abierto en la falda. Gerardo Lautrec, que estaba sentado a su lado en una silla de tijera, se levantó al verme subir la escalinata. Luciana me ofreció distraídamente la mano y continuó en seguida la conversación interrumpida a mi llegada.
—¿De modo que querría usted estar ya lejos de Francia?
—Adoro a mi país, pero francamente, pasarse la vida en oscilar desde el Luxemburgo al parque Monceau es un poco monótono.
—Usted piensa—díjele riendo,—que el bosque de Bolonia es insuficiente como selva virgen.
—Eso puede llevar muy lejos—repuso Luciana.
—¡Bah! El mundo es tan pequeño... Pronto se le da la vuelta.
—¿Qué es lo que usted llama pronto?
—Dos o tres años...
—¿Y encuentra usted que es poco? Eso prueba que no deja usted detrás ningún pesar.