—Se han ido en ellas mis hermanos.

—Vaya vaya, eso si que es buen chasco; cree que lo siento.... si la yegua que llevo no estuviera preñada, te ofreceria el anca.

La jóven que hablaba desde una ventana, era una morena que renuncio á pintar por lo graciosa; conocíala yo, y mucho mas á su repetable tia, que no mencionó á humo de pajas el estado interesante de su yegua; así es que, dirigiéndome á esta última, dije:

—Señora D.ª Pepa, mi caballo hace ancas y es muy firme; si Rosita ha de quedarse, no será por lo que ha dicho, pues si gusta puede venir conmigo.

Aquí hubo algunos cumplidos entre la tia y la sobrina, que deseaban mucho aceptar, y yo, que de todo corazon ansiaba tener á la segunda á las ancas de mi caballo.

—No, no, mil gracias, decia la una.

—No podemos consentir que lleve V. esa molestia.

—Añadia la otra: Señora, si Rosita es una molestia, ojalá que caigan sobre mí como gotas de agua en un dia de tormenta.

Por último, hicieron como que se determinaban, y, previos algunos cumplidos de la mamá, que salió á la ventana á saludarnos y darme gracias por un favor que yo recibia, nos despedimos, llevando yo por compañera para toda la noche á la mas hermosa de la trulla. Si no pocos guerreros deben una parte de su gloria á la fogosidad de un caballo, que les condujo á su pesar al encuentro del enemigo, yo debo unas cuantas horas de placer á la mansedumbre del que montaba aquella noche. ¿Quién espresaria con toda su intensidad lo que siente un jóven de diez y ocho años durante una conversacion tenida por lo bajo, y en que á cada paso choca con él un cuerpo que su imaginacion le pinta con los mas voluptuosos atractivos, que á cada palabra tiene que volver la cabeza, percibiendo entonces en su rostro el hálito de una respiracion agitada por el movimiento y las emociones mas vivas, y aspirando al mismo tiempo el perfume que despide una hermosa cabellera negra prendida con olorosas flores de los trópicos?

No tardamos en llegar á la primera casa; echamos pié á tierra, y nos colocamos reunidos al principio de la escalera: una música campestre acompañó á los que entonaron el aguinaldo nuevo, cuyos versos eran de uno de los cantores, y que se reducian al saludo de costumbre á los amos de la casa y á desearles toda clase de prosperidades, si nos daban dulces, manjar blanco, buñuelos y otras mil cosas. Concluido el canto, apareció la familia en lo mas alto de la escalera, bajóla el dueño de la casa y nos invitó á subir para tomar algun refresco, lo cual hicimos de muy buen grado. La mesa estaba colocada á un lado de la gran sala para dejar sitio bastante para la danza, y servida con toda profusion: en ella no faltaban el manjar blanco, almojábanas, buñuelos de muchas clases, ojaldres, cazuelas, una variedad infinita de dulces secos y en almíbar, y varias clases de licores: parecia que solo para nosotros se habian hecho todos los preparativos, y que aquel aparato no habia de desplegarse cuatro ó seis veces por lo menos durante la noche.