Una endiablada gritería y los mas furibundos toques de clarines, trompetas y timbales, anunciaron á larga distancia que habia terminado la lectura del bando que antecede; emprendieron la marcha en el mismo órden que habian venido, y fueron repitiendo la publicacion en los parajes mas públicos, despues de lo cual se desbandaron, durando las carreras hasta las dos ó las tres de la tarde.
Tal era el bando de San Pedro en la época á que me he referido; desde unos dias antes ya servia de tema de conversaciones muy animadas, y que tenian por objeto la redaccion del célebre documento, que todos deseaban leer; la invencion de un disfraz, el hallazgo de un jamelgo indefinible por sus viciosas anomalías, y otras muchas cosas que ocupaban á personas de todas las clase de la sociedad: los mas entonados iban á caza de alimañas que despreciaria el jitano mas hábil, y las mas lindas manos se ocupaban en hilvanar, prender, y atar ropajes, flores, y cintas, que adornaban á sus allegados, amigos y aun á ellas mismas.
Ahora que he procurado hacer que conozca, ó recuerde el lector el bando de San Pedro, reflecsionemos algo sobre el mismo; porque, como he dicho al principio, temo que los progresos de la civilizacion, arrebatándonos nuestra sencillez de costumbres, arrastren consigo todas aquellas diversiones que al par que deleitan, tienen el gusto de la originalidad; diversiones que recuerdan nuestra infancia, y que influyen no poco en el carácter de los habitantes de nuestras Antillas.
Ultimamente ha venido á reducirse esta costumbre, á carreras sin objeto ni fin alguno, y la clase privilegiada de la sociedad Puerto-riqueña se aparta cada dia mas de ella, considerándola quizás como indigna del buen tono y de la cultura, de que con sobrada razon blasona; pero en mi humilde sentir debieran interesarse en sostenerla, por ser un medio económico é infalible de divertir al pueblo, y de procurar salida á muchas cosas que no la tienen sino en tiempo de tales fiestas.
Aquel regocijo, á que eran llamadas todas las clases, y del que disfrutaban todos, ya como actores, ya como espectadores, se acomoda mucho á los gustos y hábitos del país. La afluencia de gentes de los campos, aumentando las relaciones de estos con la capital, satisfacia ese deseo innato de hospitalidad y franqueza tan conocido en los habitantes de Puerto-Rico. Cada casa de la Ciudad era una posada gratuita; y esto que de pronto parece una carga muy penosa, tiene allí indemnizacion segura; si una familia aloja y obsequia á otra que viene á divertirse con las máscaras de San Pedro, puede ir á su vez y por el tiempo que guste, á disfrutar de los encantos de la campiña, sin mas trabajo que un aviso dado algunos dias antes.
Escusado es decir que el comercio gana, y no poco, con el sostenimiento de esta y otras fiestas que empiezan á decaer; ¿quién es el que viene á una capital á divertirse sin que arregle su equipaje, que en los campos no suele estar siempre á punto de revista? ¿Quién es el que vuelve sin llevar un regalito para el pariente, amigo ó esclavo á quien dejó el cuidado de su casa? ¿Los mismos que reciben á estos forasteros, no tienen precision de ataviarse como ellos, para acompañarles á todas partes? ¿el consumo de la despensa es igual entonces al de los dias ordinarios? respondan á esto el bolsillo de algunos, y las balanzas y la vara de medir de otros.
Finalmente los hacendados que se dedican á la cria caballar, ganan tambien, porque si en la mañana de la víspera de San Pedro no se miran las buenas cualidades de las bestias, no sucede lo mismo por la tarde y al dia siguiente; cuando la concurrencia y rivalidad las ponen todas de manifiesto; y Dios sabe los tratos, ventas, y cambalaches á que esto da lugar; de manera que no sé como empieza á olvidarse una costumbre tan útilmente graciosa, y tan graciosamente útil; mil veces he pensado remitir á mis paisanos una cartita que tengo borroneada, pero no lo he hecho por cortedad. Esta carta la transmito en reserva á los suscritores del Gíbaro, y dice lo que sigue: «Queridos paisanos, los que vivis felices, entre Bieques y Sto. Domingo: gozoso estoy á mas no poder, con las noticias que recibo de esa nuestra tierra, porque segun ellas cada dia va siendo el país mejor de los posibles; por allá puede un hombre acostarse seguro de que, si no viene la pelona por sus pasos contados, dispertará al dia siguiente sin sustos ni cosa que lo valga, lo cual no sucede en todas partes por acá, en el mundo civilizado, y sino que lo digan los Parisienses que hace poco han tenido el inocente desahogo de mandar á la eternidad á mas de diez mil de sus hermanos, con su añadidura de robos, violaciones, mutilamientos, y otras lindezas que no hay mas que pedir.
Segun he sabido los caminos, puentes, calzadas, y otros medios de comunicacion que no hace mucho tiempo estaban buenos para los pájaros, ahora se van mejorando que es un gusto; la capital se ha convertido en una tazita de plata, y todos los demás pueblos la van siguiendo; de suerte que cuando yo vuelva, que no está muy lejos, tendré que tomar un cicerone, que me esplique cada una de las muchas novedades que se me ofrezcan á la vista.