Mi padre, que en esto era de mi mismo parecer, contestaba cuando yo le pedia que me enviase á la escuela con los hijos de sus amigos: Zapatero, á tus zapatos, queriendo darnos á entender que los labradores debíamos aprender á trabajar la tierra, y no otras cosas que nos distrajesen de aquel ejercicio útil, aunque penoso. Jamás fuí á la escuela, aprendí á leer y firmar con un vecino nuestro los domingos despues de volver de misa, y los dias no festivos los pasaba en el campo con los peones: mis juegos, despues de concluido el trabajo, eran siempre inocentes y sin otra compañía que la de los muchachos que se criaban en casa; el tayta se divertia mirándonos retozar en el batey, y gozaba al verme crecer tan robusto y trabajador.
De esta suerte llegué á hombre, teniendo gran cariño á mi pueblo, porque ni sabia, ni me importaba saber lo que pasaba en los demás; siendo muy obediente á mi padre, porque nunca conocí otra ley que su voluntad, y sabiendo despues conservar un capital, que un señorito educado de otra suerte hubiera malbaratado en poco tiempo; sin haber impedido mi falta de instruccion el que haya cumplido con varios cargos, como el de regidor, que ahora desempeño á satisfaccion de todo el pueblo.
¿Qué hubiera sucedido si mi padre me hubiera hecho estudiar para médico ó abogado? Que si no hubiera tenido pleitos ó enfermos, lo que muchas veces sucede, por mas que se sepa, me hubiera ido comiendo mi caudal, y sabe Dios como me encontraria ahora. Verdad es que no sé poner bien un escrito, que si tuviera que hablar al General ó al Obispo, lo haria muy mal, porque en mi vida las he visto mas gordas; pero en cambio sé trabajar, y entiendo lo bastante para gobernar mi casa.
No me vengan con muchachos que á los doce años saben mas que su padre á los cincuenta, que esplican en un momento como está toda la tierra, y que hablan tan bien como un predicador; pregúntenles Vds. si saben de que clase es el terreno de su estancia; qué hay que hacer para sembrar y cosechar una tala, y miren si sus manos de mujer podrán nunca manejar la reja del arado. Frescos estaríamos si los labradores fueran de esa clase de señores; no hay duda que ayunaríamos todo el año. Nada, nada, yo quiero que mis hijos sigan el mismo camino que yo, que aprendan á trabajar, que el oficio de caballero es mucho mas fácil, y que no se rian de mí porque sepan mas de lo que yo alcanzo.
Díganme Vds. si despues de haberme escuchado se ha desvanecido toda aquella tramolla de mi compadre, que no parece estar satisfecho, pues que le veo sonreir. Vamos, Señor cura, ¿cuál de los dos tiene razon? Aguardo con impaciencia el que V. hable para ver como convence á ese hombre, que tiene la cabeza mas dura que un granadillo.
—Señores, dijo el Sacerdote, á mi entender los dos estan animados del mejor deseo, en los dos se conoce el cuidado de un buen padre por el porvenir de sus hijos, y no puedo menos que felicitar á entrambos por ese anhelo santo y noble que manifiestan; sin embargo, espero aprovecharán algunas observaciones que les haré en obsequio de esos mismos hijos que tanto aman, y en cumplimiento de un deber que me impone mi carácter de guia y pastor de mis feligreses: observaciones que son el fruto de la esperiencia de no pocos años empleados en predicar el Evangelio en diversas regiones de la tierra y de algunos estudios hechos con el fin de ser útil á mi rebaño.
Ante todo he notado que al hablar de la felicidad, decia el uno que consistia en el mayor grado de instruccion, y el otro en no tener mas de la que recibieron nuestros padres; esto no es ecsacto en ninguna manera, pues todos los dias vemos en las dos clases hombres muy desgraciados, al lado de otros que se creen muy dichosos. La tranquilidad de la conciencia es la única dicha de esta vida, el hombre que puede acostarse por la noche diciendo: «en todo el dia no he hecho nada de que deba avergonzarme ante los ojos de Dios, que estan ahora fijos sobre mí,» aquel es el hombre feliz, y como esto nos lo enseña el Evangelio, es preciso ante todo conocer sus preceptos, siempre sublimes, siempre divinos, siempre en armonía con nuestro ser: de aquí la necesidad de una buena educacion moral que sirva de base á todas las demás; mientras se olvide esta, puede un hombre ser rico, sabio, poderoso; pero nunca feliz.
Debe no descuidarse tampoco la educacion física, que dá á nuestro cuerpo el vigor necesario á la practica de las virtudes, y que alargando nuestra ecsistencia, alarga tambien el tiempo que podemos emplear en honra de Dios y ayuda de nuestros semejantes; un alma grande no puede á veces mostrarse tal por la flaqueza del cuerpo. ¿Cómo podria la Religion estenderse desde los hielos del polo hasta el fuego de los trópicos sin hombres llenos de fé y al mismo tiempo capaces de resistir al rigor de tan opuestos climas? Pero dejemos estas dos clases de educacion, de que nada han dicho los Sres., y pasemos á la intelectual, que parece ser su caballo de batalla, y tampoco han sido mis amigos muy ecsactos al apreciarla, pues que el uno la rechaza completamente, y el otro la reduce á los estrechos límites de las carreras científicas; examinemos las razones de uno y otro por el mismo órden en que las han espuesto.