Pasaron veinte años con la rapidez que pasan en nuestra vida; la tienda del mercader no era ya un espacio reducido, con aparador mezquino, y mostrador comparable con él, como cuando la conferencia de los dos compadres y el Sr. Cura; sino un lujoso y completo depósito de toda clase de géneros, junto al cual habia grandes almacenes de granos y azúcar: cinco dependientes no bastaban para desempeñar el trabajo diario, y muchas veces no salian del escritorio hasta entrada la noche; un jóven de veinte y seis años, vestido con camisa de fina tela, pantalon blanco y chaqueta del mismo color, estaba repasando á la luz de un velon puesto sobre su pupitre la factura de un cargamento, que habia llegado aquel dia en un buque de la casa, y un anciano lo miraba sonriéndose de cuando en cuando, con una espresion de cariño y complacencia imposibles de pintar; paseábase procurando hacer el menor ruido posible á fin de no distraer al jóven, y deteníase á veces cerca de él como aguardando á que concluyera para decirle alguna cosa. Por último llegó este al término de su lectura, tomó algunas notas, guardó los papeles que tenia en la mano dentro de un cajon, y se dirigió al anciano, que dándole una palmadita en el hombro le dijo:
—Vamos, hijo: has empezado hoy á trabajar á las cinco de la mañana, y concluyes á las ocho de la noche sin haber tenido apenas tiempo de comer: eso es demasiado.
—Tanto mejor, así descanso ahora con mas gusto: ¡si supiera V. el negocio que hemos hecho hoy! ¿A qué no acierta V. cuanto nos vale?
—¡Que sé yo, hijo mio! ya no me atrevo á echar cálculos de esta clase, desde que me pasó aquel chasco cuando quise pronosticar lo que nos valdria el negocio de la casa de Hamburgo.
—Efectivamente, no se equivocó V. mucho.
—No ¡friolera!, contestó el anciano riendo, dije que ganaríamos seiscientos pesos, y ganamos, segun me habias asegurado antes, once mil; pero dejémonos de cálculos, que bastantes tienes tú que hacer cada dia, y hablemos de otra cosa. ¿Ha venido el Sr. cura? porque yo he pasado toda la tarde fuera cumpliendo con la obligacion de pasearme que tú me has impuesto.
—No señor, no ha venido: y á propósito de obligaciones, ¿sabe V., señor desobediente, que tengo que echarle un regaño? ¿Cómo es que ayer se me fué V. al desembarcadero?
—Hombre, eso es muy sencillo; habia que llevar un recado á los que descargaban la fragata, y los dependientes estaban todos ocupados; con que cogí mi sombrero y me fuí paseando hasta allá.
—Muy bien, se fué V. paseando al medio dia y con un sol que derretia las piedras hasta la playa que hay mas de un cuarto de legua.
—Eso no me hace nada.